domingo, 7 de agosto de 2011

La identidad de la nostalgia



Muchos de los que nacimos en los primeros años de los ochenta pertenecemos a una generación bisagra. Nuestros primeros recuerdos –estrictamente en el plano emocional de la memoria- aparecieron relacionados con los “caceroleos” y el color que ganaba las calles, con el hombro de nuestros padres que nos daba una visión especial en aquellas marchas que se animaban a decir no más dictadura. Nacimos en un Uruguay golpeado que se batía entre el silencio y las ganas de decir; percibimos ese clima pero no conocimos los tan citados sesenta y cuando empezamos a entrar en el mundo letrado de la escuela, presenciamos con la mirada de un niño las imágenes de la caída de lo que hasta entonces era la utopía socialista y que ahora se la recuerda en su acepción histórica y aséptica como “socialismo real”. Pertenecíamos a aquellos mundos en retirada, pero no habíamos peleado sus batallas, ni siquiera como testigos, sólo teníamos las palabras, pese a que eran tiempos en que los silencios aún tendrían un amplio espacio para prorrogarse en las calles, en el quiosco del barrio, en el almacén y el ómnibus. Nos encontrábamos en el umbral de la puerta, entre el pasado y el futuro (que decían seríamos nosotros), nuestro tiempo era el presente, que también era el de los mayores, la diferencia se basaba en que su presente tenía varias respuestas y el nuestro sólo preguntas. Al reflexionar sobre el Uruguay de hoy lo hacemos sobre nuestras vidas, haciendo ineludible la referencia al pasado reciente en el que aprendimos a dar nuestros primeros pasos.

el peso amortiguador y el lugar de las diferencias.

Como uruguayos nos hemos criado en una identidad que mantiene plena vigencia en la actualidad y que se define en la nostalgia. Nostalgia por el país estatista, benefactor, rechazado y al mismo tiempo ( y paradójicamente) reclamado por los empresarios liberales; nostalgia por el Uruguay del Centenario, escenario del triunfo deportivo y depositario simbólico de lo que supimos ser y que “ya no somos”. Nostalgia popular por el maracanazo y el relato de Solé, por el Peñarol y el Nacional sin pacos. Nostalgia que ya desde hace unos años se consagra el 24 de agosto, siendo más reconocida como preludio a un feriado que como festejo por la ley de Independencia.

Éste anclaje muy uruguayo en el pasado se cristaliza en el peso de la tradición y en la común caracterización de nuestro país como reducto conservador, en el que las continuidades priman sobre las rupturas, donde, como dice Romeo Pérez, se “disimulan las diferencias” ante el espíritu “hiperintegrado” de una sociedad que se empeña en dejar sus disonancias en el espacio de los olvidos. Basta indagar en nuestra historia para ver éste problema que se refleja en un imaginario donde los pactos y la conciliación son la regla. Como decía Juan Andrés Ramírez en su folleto de 1900 al hablar de la vida política: “¡transar, transar siempre!”*, siempre y cuando el pacto sea lo suficientemente decoroso como para no traicionar demasiado los principios.

Dicha sociedad que se intenta percibir homogénea, insiste en su singularidad cuando mira hacia fuera. Realzando particularmente sus diferencias con la nación al otro lado del Plata, curiosa afirmación identitaria que se construye en base a la oposición frente a los más parecidos y apela a ellos en los horarios centrales de televisión.

El Uruguay que disimula sus diferencias se olvida que nuestra sociedad no es la misma que la de los ochenta, que al crecimiento del PBI entre 1985 y 1994 le siguió el estancamiento y la depresión, así como la crisis entre el 2000 y el 2003 que dejó como saldo un país que vio duplicado el porcentaje de la población por debajo de la línea de pobreza. Pero nos empeñamos en ver las continuidades, también en el plano político. Hemos escuchado decir que la acción política del Frente Amplio es una reversión del primer batllismo, nuevamente la continuidad opaca la trascendencia política del acceso de la izquierda al poder, que legitima de derecho (por la vía electoral) el fin del bipartidismo tradicional que de hecho ya se encontraba agonizante. El problema ha sido como responder a una agenda engrosada por tantos años de oposición, reflejada en la palabra cambio y en el apoyo de una ciudadanía que depositó sus esperanzas en el proyecto, pero cuyas emergencias no acompasan los actuales tiempos políticos.

LA CAJA DE PANDORA

Los hombres atribuyeron a los dioses griegos la razón del castigo que se le impone a todos aquellos que cometen el exceso (la Hibris). La máxima decía así; los que quieran ser lo que no son, deben esperar la represalia divina. Los sistemas mitológicos funcionaron como garantes de todo un orden de dominación social que se aplica a las diferentes culturas de Occidente y también de Oriente (pensemos en la sociedad de castas de la India). Los representantes de los “dioses” (las clases dominantes), en nombre de la seguridad y el orden, encerraron los males y los miedos, pero no pensaron que la propia existencia de la frontera de lo prohibido genera la necesidad en la gente de romper con esa limitación.

La “Ley de Caducidad”, nuestra “Caja de Pandora”, se presentó como un pacto eterno que extendía su área de acción más allá del período de tiempo por ella señalado, no sólo había que respetar su contenido, también su espíritu. Si se le cuestionaba se caería en el exceso y nuevamente se desatarían todos los demonios. A partir de 2005, sus guardianes se encontraban lejos del objeto de su custodia y no era el momento de la curiosidad sino el de la justicia el que se habría paso. La búsqueda de desaparecidos y el procesamiento de los “dioses” de otrora significó la ruptura con un pasado inmediato de silencios y desató un transcurrir que no es incierto, en tanto se orienta a aclarar aquellas lagunas forzosas de nuestro pasado que se cubrían con el alo del miedo. Si bien hubiera sido imposible sin el cambio político que vivió nuestro país, es a los familiares de detenidos- desaparecidos y su incansable búsqueda a los que debemos nuestro tributo en la superación de esta frontera. Lo que los dioses se olvidaron (y se empeñan en hacerlo) es que un pueblo sin memoria no puede construir su futuro, la derogación de la “ley de impunidad” seguirá siendo un anhelo, habrán otras batallas con la confianza que un Uruguay más democrático será aquel que pueda enfrentar con dignidad su pasado.

ENTRE EL MUNDO DEL TRABAJO Y EL DEL CAPITAL

En la década de los ochenta y los críticos noventa, la Central Sindical sufrió continuas derrotas ante las estériles “medidas de lucha” que hacían vacío en las esferas gubernamentales. Si le preguntáramos a los trabajadores cual es su percepción de la década precedente, sus recuerdos no harían más que afirmar el panorama desolador; fábricas cerradas, desocupación creciente, problemas del sistema mutual y bajos desempeños de las funciones prioritarias de la salud pública. Según datos del BCU, la industria redujo su participación en el PBI de un 29 % en 1985 a menos de un 17 % en los años 1999-2001, a lo que debemos sumar el salto en la informalidad laboral luego de la crisis de 2002, con un gran número de trabajadores “en negro” y una situación de caída salarial que acompasó el proceso (especialmente luego de la devaluación del real en 1999). Seguramente, gran parte de los uruguayos despedimos a un familiar o un amigo que buscaba en el hemisferio norte lo que no encontraba en este confín del Cono Sur.

Antes que las primacías de las continuidades no nos permitan ver los cambios, tenemos que reconocer el salto cuantitativo que significó la vuelta de los consejos de salarios. Por cierto, una vuelta muy larga que tardó varias décadas en regresar. El triunfo de la izquierda generó un clima político apto para nuevos espacios de negociación donde las conquistas tantas veces postergadas parecen lograrse. Los tiempos actuales exigen reconocer las conquistas, redoblando los esfuerzos reivindicativos, más allá del peso de la realidad dado por el acceso en al poder, la coalición política de la que somos parte, no puede separarse demasiado (en su accionar) de la larga tradición discursiva de adherencia a las reivindicaciones del movimiento sindical. Pensemos en la crisis financiera internacional, los gobiernos de las economías de mercado desarrolladas (EMC) intervienen en el consumo para salir de la depresión, esto realza el papel del Estado como gran articulador. Cuesta creer entonces que algunos candidatos de los partidos tradicionales postulen que las negociaciones de los consejos de salarios se tienen que continuar pero sin la participación del Estado, ¿Cuáles serían los resultados sin la garantía del Estado? No es necesario indicar la respuesta.

La encrucijada contemporánea posiciona al Uruguay en el debate sobre la apertura, la inserción internacional y la integración regional. En vez de aprovechar la oportunidad histórica, podemos reproducir uno de los principales males de nuestra historia latinoamericana; los intereses localistas y la falta de articulación de los proyectos nacionales. Un MERCOSUR que ha demostrado más crisis que salidas comunes es buena muestra de ello. El pensamiento conservador no permite nuevas estrategias, parece que todo está inventado y la propia condición de encrucijada genera condiciones para un discurso político que nos exige optar por quedar “dentro” o condenarnos a la continua condición de ermitaños. Deberíamos meditar sobre qué significa quedar dentro, y que opciones son realmente las acertadas para construir un proyecto de país a mediano y largo plazo integrado a una región que tiene que aumentar su poder de negociación en un mundo que se mueve en bloques económicos.

DOÑA EDUCACIÓN; LA HIJA CENICIENTA

Hay que destacar los cambios evidenciados en el intento de unificar el sistema de formación docente y perfeccionarlo, de completar las vacantes y unificar criterios para los planes y programas. El díalogo nacional sobre la nueva “Ley de Educación” intentó involucrar a todos los actores (autoridades, padres, vecinos, docentes, etc), ahora, no olvidemos que la democratización requiere generar instancias reales de decisión y no la ilusión de participación.

LA NUEVA PRIMAVERA DE LOS PUEBLOS

Comúnmente tendemos a olvidar que los mismos defensores de la Cisplatina fueron los propietarios montevideanos que alzaron: su voz contra la “anarquía” artiguista, abriendo las puertas a la invasión brasileña. Sin irnos tan lejos, fueron los sectores empresariales los que reaccionaron enérgicamente ante el avance del reformismo batllista, los mismos que en la campaña ganaron espacios en los medios como hasta el 2005 no lo hacían. Si es así, brindemos por ello, es un buen símbolo del cambio, la reacción siempre alza su vos contra los procesos de transformación.

Cuando el 29 nos encontró esperando a los compañeros que llegaban como delegados de los circuitos cuando todos estaban en el Columbia, se generó un festejo espontáneo sobre la calle. Entre abrazos sentidos y miradas cómplices, un compañero que quiero decir su nombre, “Quíque” Laguna me abrazó y me dijo: - Esto es producto de nosotros pero también de todos aquellos que ya no están, esto es por ustedes. Ese será un recuerdo que no se borrará nunca, como aquel en los hombros de Papá en el 85, abrimos los ojos a la razón cuando ya había pasado mucha agua debajo del puente, y hoy nos encontramos al lado de gigantes que con su modestia cotidiana nos demuestran en pequeñas grandes cosas que aquellos que transforman la sociedad son los mismos que siguen allí para sostener a los otros, porque ese ha sido su lugar, y sin ellos no hubiera sido posible aquello que para muchos solo podía ser producto de un país proyectado en el lugar de la fantasía.

Es mucho lo positivo para realzar, pero no es el cometido de éste artículo, no mientras continuemos viendo los ojos de un niño tras al parabrisas del auto. Nostalgia sí, pero para reconocer los errores y también los aciertos, cada hora es única y no es necesario aclarar lo que los actores ya saben, la mirada de la militancia no es pasiva, y nuestras voces de apoyo también deben continuar intranquilas, al menos es un buen dato para una sociedad que se considera democrática.

Prof. Santiago Brum



* RAMÍREZ Juan Andrés, “El partido Constitucional y los acuerdos cívicos”, La razón, Montevideo, julio de 1900.

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